http://www.eldiario.es/theguardian/temer-mundo-dinero-efectivo_0_498000213.html
La cadena de comida saludable Tosed
ha abierto recientemente la primera cafetería del Reino Unido en la que
no se paga con dinero en efectivo. Otro paso más hacia la muerte del
pago al contado.
Los cambios en la forma del dinero
no son nada nuevo. El dinero es tecnológico. Las monedas de metal
volvieron obsoletas a las conchas de mar, los dientes de ballenas y
otras formas primitivas de dinero. La imprenta tuvo el mismo efecto
sobre los metales preciosos: en su lugar, empezamos a utilizar papel
moneda. La banca electrónica terminó con la era del cheque y ahora, los
sistemas de pago 'sin contacto' o contactless están haciendo lo mismo con el efectivo, cada vez más incómodo. Por lo general, en el mercado gana la comodidad.
Está muy bien, siempre y cuando las personas puedan
elegir con libertad. Lo que me preocupa es la guerra extraoficial
desatada contra el dinero en metálico, desde las miradas de sospecha que
uno recibe cuando paga grandes cantidades de dinero al contado hasta la
cruzada europea para decomisar los billetes de 500 euros. No creo que
se hayan pensado bien las consecuencias.
En un mundo sin efectivo, cada pago que se realice será fácil de rastrear. ¿Quiere usted que gobiernos (no siempre benévolos), bancos y procesadores de transacciones tengan la posibilidad de acceder a esa información?
En lo que respecta a la distribución de la riqueza, ya
vivimos en un mundo que no puede ser más desigual. Hasta puede que sea
más desigual de lo que nunca ha sido. Mi preocupación es que una
sociedad sin dinero en efectivo pueda exacerbar aún más esa
desigualdad.
Los sistemas de pago sin contacto le
darán aún más poder al sector financiero: los bancos y las empresas de
tecnología financiera supervisarán todas las transacciones. La crisis de
2008 demuestra que, cuando la situación apremia, los bancos logran ser
eximidos de regulaciones tan importantes y eficaces como la de la
bancarrota, una ley bajo la que el resto de nosotros debemos operar.
¿Estamos seguros de que es bueno darle aún más poder e influencia a este
sector?
En un mundo sin efectivo, cada pago que se
realice será fácil de rastrear. ¿Quiere usted que gobiernos (no siempre
benévolos), bancos y procesadores de transacciones tengan la posibilidad
de acceder a esa información? Eso daría a estas entidades un poder
enorme: la vigilancia podría llegar a un nivel orwelliano aterrador.
Por el contrario, el dinero en metálico confiere el poder al que lo
usa. Le permite comprar, vender y guardar sus ahorros sin depender de
nadie. Si así lo quisiera, esa persona podría mantenerse completamente
fuera del sistema financiero.
Hay muchas razones,
tanto morales como prácticas, para querer estar fuera del sistema. En
2008 muchas personas se apresuraron a sacar su dinero de los bancos. Si
es cierto que el sistema financiero estuvo tan cerca del colapso como
nos dijeron, la reacción estuvo más que justificada. En 2011, con los
bancos de Chipre al borde del desastre financiero, nos enteramos de la
existencia de "bail-ins" o rescates internos: con el fin de salvar el
sistema, se incautaba el dinero que la gente común tenía depositado. Si
los ahorros de toda su vida estuvieran en peligro de ser confiscados
para rescatar a una corporación a la que considera derrochadora, me
imagino que usted también retiraría su dinero a toda prisa.
Hemos visto temores similares en Grecia y, en menor medida, en el sur
de Europa. Hace poco, Mervyn King, exgobernador del Banco de
Inglaterra, declaró que no se había arreglado el sistema bancario y que,
otra vez, habría pánico financiero. En Japón, donde el banco central ha
impuesto tasas negativas, los bancos le cobran a la gente para guardar
su dinero. Es un intento de incitarlos a gastar, en lugar de ahorrar.
Los japoneses han sacado tanto dinero de los bancos que, según algunos
informes, todas las cajas fuertes del país ya se vendieron.
Son todas razones bastante legítimas para querer salirse del sistema.
No digo que todos deberíamos sacar nuestro dinero del banco, pero sí que
todos deberíamos tener la opción de hacerlo. El efectivo nos da esa
libertad. ¿Por qué dejarlo de lado? El dinero es nuestro, no del banco.
El teléfono nos enseñó una valiosa lección. En su pico más alto, en
2008, había 1.300 millones de teléfonos fijos para una población mundial
de 7.000 millones. En la actualidad, más de 6.000 millones de personas
tienen un teléfono móvil. Según un estudio de la ONU, son más personas
que las que tienen acceso a un inodoro.
Muchos
asumen que los móviles tuvieron éxito donde el teléfono fijo falló: la
tecnología más avanzada hizo posible que la cobertura fuera más
extendida. Hay algo de cierto en eso. Pero la razón principal es más
simple: para tener un teléfono fijo se necesita una cuenta bancaria y un
crédito. Cerca de la mitad de la población mundial no está bancarizada,
o sea que no tiene acceso a los servicios financieros básicos
requeridos. Las empresas de telecomunicaciones no veían potenciales
clientes, la infraestructura nunca se construyó y millones de personas
quedarons con pocos medios para comunicarse.
Pero
con dinero se puede comprar un móvil y el tiempo de llamada. No se
necesita bancarización. Casi cualquier persona podía conseguir un móvil y
eso fue lo que ocurrió. El sistema financiero era una barrera que
impedía progresar a los de menos recursos, mientras que el dinero en
metálico fue un factor facilitador.
Para mediados de
2020, 6.000 millones de personas en todo el mundo tendrán un teléfono
inteligente. También tendrán casi todo lo necesario para acceder al
comercio electrónico (básicamente, acceso a Internet), excepto la
inclusión financiera. Es por eso que, en el futuro, las nuevas formas de
dinero digital desempeñarán un rol muy importante (desde los M-Pesa de
Kenya hasta los bitcoin): dinero que se podrá utilizar aunque no estén
incluídos en el sistema financiero.
En el Reino
Unido, el pago al contado sirve para pequeñas transacciones (comprar una
barra de chocolate, un diario o un cartón de leche), que aún no es
rentable procesar de otra manera. Siempre será el medio de pago más
rápido y directo. Por ejemplo, a mí me gusta dejar propina en efectivo a
los camareros, con la certeza de que recibirán ese dinero y no quedará
en manos de un empleador con pocos escrúpulos. También me gusta comprar
en los mercados, donde puedo adquirir directamente del productor con la
certeza de que recibirá el dinero sin que un intermediario se lleve un
porcentaje.
El dinero en efectivo sirve también para
las transacciones privadas, muy conveniente por una gran cantidad de
razones posibles, de las cuales no todas son ilegales. Los pequeños
comercios que recién empiezan necesitan que su economía dependa del
metálico. La gente pobre, también. La guerra contra el dinero en
efectivo es una guerra contra ellos
Si hacemos caso a
las voces alarmistas, empezaremos a pensar que todos los que usan
efectivo son delincuentes, evasores de impuestos o terroristas. Claro
que algunos usan el dinero para evadir impuestos, pero no es nada en
comparación con las argucias de Google y Facebook para la elusión
fiscal: Google no utiliza efectivo en su sistema de elusión fiscal, lo
consigue siguiendo fielmente la normativa.
Sólo
gracias al dinero en efectivo tenemos inclusión financiera total, un
lujo que los más acomodados dan por hecho. Si sacamos el efectivo y
restringimos la inclusión financiera total, muchas personas quedarán
atrapadas en la pobreza. Cuidado con la guerra contra el efectivo.
Traducción de Francisco de Zárate
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